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miércoles, 28 de septiembre de 2011

ALPARGATAS SÍ, LIBROS TAMBIÉN: "ADOLESCENCIA Y POSMODERNIDAD", por Ernesto Marcos


¿Alguna vez te preguntaste por qué a los cuarenta, y aún a los cincuenta, nos comportamos y vemos como adolescentes? Y los de treinta, ¿no parecen como si fueran de veinte? ¡¿Y los de veinte?!, éstos sí que tienen toda una vida de adolescentes por delante...

Aquello que los padres supuestamente adultos y maduros tratan hoy de aprender de los adolescentes es una sabiduría cuya lógica es la siguiente: postergar las responsabilidades o bien directamente rechazarlas mientras se disfruta las comodidades, una prolongación de lo bueno de la infancia con la libertad de los adultos, un estado "casi ideal".

De esta forma el escritor y dramaturgo Ernesto Marcos, con su exquisita prosa y erudito despliegue, nos despabila a trompazos (por no decir a martillazos) y ausculta nuestra conciencia. Porque sépanlo, eternos imberbes, la adolescencia y la posmodernidad son la mano y el guante.


Ernesto Marcos
Desde la máxima del filósofo presocrático, Heráclito, que rescata Nietzsche, “no puedes bañarte dos veces en el mismo río porque ni tú ni el río son los mismos” se ha construido una línea filosófica histórica especialmente vinculada al cambio.
Por su parte, la crítica de la modernidad la inicia Nietzsche en el siglo XIX, denominado no casualmente el último romántico o el primer posmoderno. Este filósofo alemán, el cual sostiene que Occidente se ha olvidado del devenir, ignorando la vida, la voluntad de poder, oponiéndose al testimonio de los sentidos, ataca fundamentalmente la moral moderna, por su antinaturalidad, por condenar los instintos y por constituir una evasión del mundo real.
No tampoco azarosamente la modernidad contra-ataca a la posmodernidad principalmente en cuanto a la moral que presuntamente propone (el muerto se ríe del degollado).
La posmodernidad es una condición, señala Lyotard, no es, “está siendo”, sólo es siendo, y en esto lógicamente choca contra gran parte de las doctrinas filosóficas de la esencia, del ser, de lo inmutable, que buscan un fundamento absoluto. Y no pretende ser tampoco un sistema político ni económico, es una edad de la cultura.
Tampoco es aleatorio que a la posmodernidad se la haya identificado como un neo-romanticismo. Basta recordar que el romanticismo tuvo su máximo desarrollo en lo cultural, más específicamente en lo artístico y por lo tanto bastante lejos de lo político-económico y fue también una reacción temprana contra la segunda fase de la modernidad.

  A la posmodernidad también se la relaciona con los tiempos del “desencanto” y el fin de muchas cuestiones. Pero cabe acordar aquí que el romántico también fue un “desencantado” fundamentalmente de “La Razón”, quizá justamente para poder ser un romántico, la mitad de su ser era nostalgia, melancolía, duelo y tristeza por algo ideal perdido que trataba de recuperar (la infancia y el yo ideal), pero de donde sacaba también precisamente la fuerza para creer en lo mismo que le reclamaba Nietzsche a la modernidad: el imperio de los sentidos.
A poco de revisar la historia nos damos cuenta que el concepto de romántico es anterior al de adolescente, éste en tanto que entidad autónoma, independiente, identificable. Sin embargo, ¡oh!, casualidad, los románticos eran muchos jóvenes entusiastas y poetas, idealistas, metafísica y existencialmente, y no olvidemos que la poesía es para el filósofo romántico alemán Hegel (el romanticismo tuvo su máxima expresión en Alemania) la expresión máxima del poder de la abstracción universal. La poesía es la imagen de la idea. En la poesía la idea se desplaza en la imagen para dar lugar al arte. Ese desplazamiento se llama metáfora.
Por otro lado, el concepto de adolescente es anterior a la posmodernidad. Por todo esto, lamentablemente, antes y ahora, todo romántico fue despectivamente nombrado como adolescente, todo adolescente fue despectivamente nombrado como romántico y hoy todo posmoderno es romántico y adolescente y viceversa.
La adolescencia no llamó, no pidió que viniera la posmodernidad. Y la posmodernidad, por su parte, se acercó, se vinculó a la adolescencia. Tal vez porque dentro de las “edades de la cultura”, haciendo un parangón con las edades de desarrollo del ser humano, la adulta madurez de la modernidad no se sintió tal, no fue capaz de sostener sus postulados, principios, etcétera, y se rindió, o no se rindió pero se resignó, volvió sobre sus pasos, retrocedió, o retrospectivamente regresó a un estadio anterior, o quizá sigue avanzando, resignificando, pero en definitiva recapituló.
A criterio del suscrito la adolescencia y la posmodernidad son la mano y el guante. Son complementarios. Una y otra son verdades de hecho, de facto, se imponen en la realidad y son testimonios de los sentidos. Ambas ya han adquirido entidad suficiente en la historia de la humanidad.
Para Comte, la humanidad pasa por tres estados (teológico, metafísico y positivo o científico), la dimensión social de este pasaje se corresponde con una dimensión individual, por esto, el adolescente es un metafísico.  
Este segundo estado arranca del monoteísmo, que llevado a la adolescencia, sería toda figura de identificación secundaria sobre la cual se proyectan todos los ideales del yo: ídolos de rock, líderes de grupo, etcétera, pero esa deidad única se encuentra esencialmente, en razón de verdad, despersonalizada, y se personaliza al extremo por su carácter impersonal. Esa fuerza divina unívoca es para el adolescente lábil, díscola, ciclotímica, por lo cual se desplaza eternamente de una figura de turno a otra. Podríamos concluir que en la adolescencia la Idea Abstracta (Dios) o Principio Racional (Creador primigenio) se desplaza en la imagen-ídolo-líder para dar lugar a una existencia que es siendo en tanto que cambio en el devenir.   
Se trata entonces de un período crítico, en que el adolescente se debate entre el idealismo metafísico y el romanticismo generador de sentimientos gobernados por pasiones y emociones gobernadas por percepciones. Es decir, el adolescente se debate entre la pregunta conceptual y al mismo tiempo formal y abstracta sobre la existencia y una fenomenología del corazón y de los sentidos; la distancia entre ambas es extremadamente extensa, y sus esfuerzos incansables por unirlas más que loables, por eso el romántico puede ser tan maníaco como depresivo, tan eufórico como melancólico, tan triste como alegre.
La posmodernidad como crisis puede ser entonces, como neo-romanticismo, tanto lacónica como vitalista, duelo como fiesta, muerte o re-nacer, teniendo en cuenta que el romanticismo es también un producto moderno, aquella sería una “re-vuelta”. Y como la desilusión y el desencanto no son de la posmodernidad sino con la modernidad, también sería una re-creación. En este sentido la posmodernidad tiene una doble faceta adolescente: ora la posibilidad de pasaje a una adultez madura de la humanidad, ora el retorno a una joven inmadurez. De este modo, la modernidad podría haber sido una adultez joven o una adultez inmadura. Más parece que la modernidad tiene en la posmodernidad la nostalgia de haber sido una adultez inmadura y el anhelo de ser una jovial madurez.
     Por otra parte, así como la posmodernidad es la imagen, la modernidad es la palabra. Por sobrados motivos que exceden las pretensiones de este trabajo, la palabra se encuentra devaluada y disvaluada. Hoy la palabra es una mentira ficcional. El desfasaje moderno entre los significantes y los significados, y sobre todo entre las palabras y las acciones, han llevado a que la posmodernidad con todo derecho exprese: “No lo diga, muéstrelo”, pues además la muestra visual implica necesariamente un acto previo, “No lo hable, demuéstrelo”. “Muestre de qué es capaz y demuestre lo que sabe hacer”. Mientras que la modernidad de Kant denuncia que la cosa está perdida, y la palabra al tratar de acercarse a ésa se aleja más, aun con una cadena de mil voces, la imagen posmoderna se basta a sí misma y así se presenta como cosa en sí. Ya no se cree en lo que las palabras puedan hacer, no se cree en las palabras como actos. Es la imagen la portadora de la acción.
     En este sentido, el adolescente posmoderno observa que los adultos de identificación primaria “hacen lo contrario de lo que dicen” y viceversa, y como corolario dichos hombres presuntamente maduros proclaman: “Haz lo que yo digo y no lo que yo hago”, ni siquiera le dan de esta forma un estatuto valorable a su acción, cuando podría resultar hasta un poco más respetable lo contrario. La palabra menosprecia la acción y la acción degrada la imagen del referente. Resulta entonces comprensible que el parecer adquiera una dimensión más importante que ser. El presentimiento, la intuición sobre la ética de un otro, traslucida en la acción y bien representada en las frases: “Tener una buena imagen”, “Parece una buena persona”, nos sugiere que un fenómeno brinda más y mayores certezas que El Ser, el cual tendría su casa en la palabra. Por lo cual, la existencia precede a la esencia. Y la estética es una ética. Nada más claro en la adolescencia que esto último.
     A mayor abundamiento, cabe aclarar también que la antinomia entre el ser y el tener, ha sido siempre víctima de un maniqueísmo. Si la cultura posmoderna dice “Soy lo que tengo”, debe entenderse el tener como mercancía, como patrimonio y bien, es decir, como factor de valor, producto del actuar y el accionar sobre el mundo. Como no se puede decir quién soy, soy lo que produzco, y lo que hago es lo único que tengo, que no es más que eso otro que soy yo y que no soy yo. Ergo, Soy lo que tengo.  
     Por lo expuesto antes, tal vez el posmoderno es el hombre más maduro, ya que es una persona que desarrolla productivamente sus propios poderes, que sólo desea poseer lo que ha ganado con su trabajo, que ha renunciado a los sueños narcisistas de omnisapiencia y omnipotencia, que ha adquirido humildad basada en esa fuerza interior que sólo la genuina actividad productiva puede proporcionar.
     Lejos de desempeñar el papel de un ámbito para el lúcido revisionismo de todos los principios aquí tratados la escuela ha sido base, cimiento, estructura cómplice, y verduga ejecutora de lo que Lipovetzky llama la “socialización disciplinaria” y la “edad democrática autoritaria” de la Modernidad. En el mejor de los casos, La Imagen de las autoridades y los profesores ha sido sepia, gris o blanco y negro, y encima bidimensional.  
     Luego de la fractura de aquellas categorías, desaparece la trascendencia laica de una vida consagrada a un ideal, cualquiera que éste sea. Cuestión que abre el juego a una indeterminación constructiva. Valga aquí decir que, entre los que pueden comer, nadie acepta el menú fijo, todos quieren comer a la carta.
La condición posmoderna constituida y entendida como un estado de cosas podría devolver al hombre a la armonía con la naturaleza fundada en una ética mutualista y cooperativista fuere por un eterno presente o por un eterno retorno.
Si la sociedad se “adolescentiza” para ser juvenil, apasionada, romántica, sentimental, sensible, perceptiva, receptiva, jovial, fresca, alegre, vivaz, vital, lúdica, positiva, sana, ingenua, imaginativa, creativa y fantasiosa bien venido sea el fenómeno.
¿O acaso como el filósofo argentino José Sebreli se pregunta por qué el antiprogresista cree que un futuro mejor es irrealizable no podemos preguntarnos por qué el hemisferio izquierdo del cerebro debe primar por sobre el otro?
Resulta a todas luces claro que la misma visión de la adolescencia posmoderna, aun en la posmodernidad, sigue siendo Moderna y adulto céntrica y desde allí afuera se la crítica sin comprenderla desde adentro.
Aquello que los padres supuestamente adultos y maduros tratan hoy de aprender de los adolescentes es una sabiduría cuya lógica es la siguiente: postergar las responsabilidades o bien directamente rechazarlas mientras se disfruta las comodidades, una prolongación de lo bueno de la infancia con la libertad de los adultos, un estado “casi ideal”.
Esto ocurre porque, además de ser realmente la adolescencia un segundo nacimiento o renacimiento, la primavera de la vida, el florecer de las sensaciones y los sentidos, el alba de la voluntad de vivir, la epifanía del ser y de las pasiones, los adultos pretenden preparar a los adolescentes para vivir en un mundo que es un anhelo propio, personal y egoísta de sueños incumplidos (como el sueño americano de vida, entre otros), proyectado al futuro, justamente para no hacerse cargo en el presente de aquello que carece de asidero; prepararlos para que vivan en un ambiente fantasmal, hace tiempo desvanecido.
Por esto mismo, el conflicto generacional, contra lo que se cree, subsiste, sin embargo, se encuentra desplazado en su totalidad hacía el interior de los presuntos padres, adultos y maduros. El conflicto es de estos con ellos mismos. Y la adolescencia les sirve como un regenerador vital con su lealtad y sus energías. En el peor de los casos (o quizá en el mejor), los jóvenes no los enfrentan y les huyen, y si los rechazan o critican lo hacen en bloque, y si tienen una buena opinión de su familia al mismo tiempo se compadecen de ellos por ser unas pobres gentes. El mejor ejemplo de lo dicho se da en la película de cine independiente americano llamada: “American Beau ti”, ese padre, esa hija, esa relación.
Por otra parte, los padres de los adolescentes actuales crecieron a partir de los años 60, y es por ello entendible que quieran ser jóvenes el mayor tiempo posible, en tanto, los adolescentes se sienten más cerca que nunca de ellos. También es lógico que estos padres no quieran introyectar en sus hijos un ideal del yo que verse: “Serás lo debes ser o no serás nada.”, a sabiendas además de lo difícil que es parecerse a dicho modelo y toda una vida puede irse en ese objetivo.
 El acento se pone hoy en el yo ideal, o sea, lo que él desea ser, pues a la “orientación vocacional hereditaria” entendida como una de las principales funciones del ideal del yo y al mismo tiempo una las más grandes fijezas que se auto impone la humanidad, además como inmutable, se le resiste tanto la voluntad de cambio como el devenir azaroso de la vida. Ya nadie necesita en el presente un ideal al cual intentar parecerse a lo largo de su vida.
Finalmente, en lo que hace a esa aparente insipidez y falta de profundidad de la posmodernidad corresponde recordar las palabras de Oscar Wilde: “Lo más profundo que tengo es mi piel”. Y también las de Nietzsche: “Hay quien agita las aguas, las enturbia, parecen profundas”. Sobre la insipidez no hay nada escrito y la profundidad no puede ser nunca un valor en sí (incluso de tan profundo algo puede “pasar al otro lado”), menos viniendo de algo como La Modernidad que lejos de saber sobre la profundidad del cuerpo, por ejemplo, nada sabe ni siquiera acerca de su superficie, y nada tampoco sobre la profundidad de la razón, sobre las oscuras razones de la sinrazón del corazón. En La Modernidad: “todo lo real es irracional y todo lo irracional es ideal”.
Sólo establecidos y parados dentro de la posmodernidad podremos interpretar cabalmente sus códigos y propuestas, por ahora la posmodernidad es moderno-céntrica, es todavía periferia. Lo mismo ocurre con la lectura adulto-céntrica de la adolescencia. La distancia entre unas y otras todavía es muy grande a pesar de que parecen contiguas. Justamente, larga es la extensión por la excesiva cercanía que no deja ver.
Los últimos manotazos de ahogado de la “Adulta y Madura Modernidad” sobre la joven posmodernidad están cargados tanto de celos, envidia, rencor, resentimiento y odio por la proyección de sus propias y amargas imposibilidades y frustraciones que le resultan intolerables, como por anhelos, esperanzas, sueños, deseos realizados por otros (para ellos). No sabemos aún si la adulta modernidad extiende su mano a la ingenua por jovial posmodernidad para que la saque de la ciénaga en que se metió sola o porque lo que se sabe muerto no quiere morir y menos sin llevarse algo consigo.
Lo maduro se sabe podrido y quiere ser fruto.

Ernesto Marcos (2011)

2 comentarios:

Norma Alvarez dijo...

Habrá que ayudarla a morir, la eutanasia pronto será un derecho, y aún los padres de la Modernidad podrán usarlo con sus jóvenes hijos de la Posmo.
Iremos todos a su funeral recitando "volverán las oscuras golondrinas/ a tu balcón sus nidos a colgar"
Y serán sólo eso, golondrinas, no un producto de mercado... pájaros manejados para regular los sentimientos populares. El poder ideológico de la Posmodernidad morirá llevándose consigo la mano semioculta del mercado como instrumento de control. Esa potente herramienta está sentenciada.

Acqualux dijo...

Muy buen artículo!