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domingo, 1 de febrero de 2015

LA OBRA DE TEATRO DE LA SEMANA: "DE LA MANO DE RAÚL BARBOZA, EL CHAMAMÉ VIAJÓ DE PARÍS A CARLOS CASARES", por Sergio Carciofi

Foto: Ana Beraza

Si se escucha el eco, 
si el viento dice adiós,
será que la canción llegó hasta el sol.
(Luis Alberto Spinetta)

Dicen, y ya casi nadie duda, que la música no tiene fronteras. Si esto es así, en un mundo donde se construyen muros entre países y entre vecinos de cualquier barrio, no es poca cosa. Pero si hay incrédulos por ahí (que los hay), en el concierto que Raúl Barboza dio el 25 de enero pasado en el espacio cultural La Fábrica de Carlos Casares, tenemos para ellos la prueba irrefutable de que la música trasciende todo hasta, como dice Luis El Grande, llegar al sol.

Quizá por esta razón, a ninguno de los más de cien testigos les importó el calor sofocante en la sala del excelente espacio cultural. “Sí, hace mucho calor. Mejor nos tomamos una cerveza en el bar y nos quedamos quietos y sentados hasta que comiencen a tocar”, comentaron algunos (La que no paró de moverse fue mi hija Malena, de 7 años). Así nos fuimos acomodando hasta que Raúl llegó junto con sus notables músicos -Nardo González en guitarra y Roy Valenzuela en contrabajo-,  ingresó desde atrás del público como si fuera un espectador más, y dio rienda suelta a su acordeón…

Entre canción y canción, Barboza comentó que desde hace muchos años vive en París pero que no se olvida de sus raíces aborígenes, de su Corrientes, de su Argentina. Nos dijo que la identidad que lo vio nacer lo hace fuerte en la soledad y le devuelve el entusiasmo por llevar el chamamé a todos los rincones del mundo. Nos confesó que componía sus canciones imaginando situaciones, buscando transformar sus ideas en música. Y, entonces, con su música nos hizo sentir el amanecer en París, nos enseñó a conversar con un caballo entre la soledad de los cerros y hasta viajamos todos juntos en el tren que tantas veces lo trasladó de un lugar a otro de nuestro país. También nos contó algunas vivencias con Mercedes Strickler, la musa inspiradora de “Merceditas”, y nos emocionó su versión.

Quietos y sentados disfrutamos hasta la risa y el llanto, incluyendo a Malena que lo escuchaba embelesada en primera fila. Y aplaudimos de pie, con todas las ganas y el calor de quienes reconocen a un artista exquisito y formidable.

Cuando terminó su última canción, Barboza sonriente abrió los brazos en agradecimiento y bajó del escenario para saludar al público que aún no dejaba de aplaudir. O más bien volvió a su lugar, al lugar donde está la gente. Saludó a cada uno, con un abrazo, extendiendo su mano, con un beso. Malena me dijo: “chau papá, me voy a saludar a Raúl”… Pasaron unos cuantos minutos, la sala se fue vaciando y Malena volvió: “dame plata que quiero comprarle un disco a Raúl”, y se fue corriendo. Entre charlas y saludos con amigos me demoré en salir. No quedaban más que una docena de personas. Salgo. Llego a la entrada del lugar y ¡ahí todavía estaba Raúl Barboza!, en la puerta, esperando saludar hasta el último espectador.

Ver a ese hombre genial de 76 años parado solo, vendiendo y autografiando sus discos como un músico callejero, me hizo volver a confiar en el mundo por un instante. O, tal vez, me hizo dar cuenta que el secreto de los grandes hombres que producen las grandes obras de arte no sea más que simpleza del hombre común. O acaso hayamos estado en presencia de un hombre que alcanzó la verdadera libertad. La libertad que trasciende las fronteras, esa libertad que es talento, que llega hasta el sol, la que hace posible la magia sublime del arte.

Luis Alberto Spinetta decía que “El talento es el hombre en libertad, nace en cualquier persona que se sienta capaz de volar con sus ideas (…) esa [es la] libertad [que] despierta en los niños la imaginación”, como Raúl lo hizo con Malena. 

¡Gracias Raúl!

Sergio Carciofi

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