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viernes, 16 de diciembre de 2011

RECOLECCIÓN DE PRINCIPIOS: "Instituciones escolares I (Por un fractal latinoamericano)", por Ernesto Marcos


          Canta el flaco Spinetta en su canción “La Bengala Perdida” que “bajo la herencia la inmortalidad,
cultura y poder son esta porno bajón”. Siguiendo esa línea foucaultiano-spinettiana, Ernesto Marcos vuelve a cascotear los techos de la modernidad.
          Propone que, ante una “institución educativa (que) va a seguir existiendo por la capacidad de auto transformación de los sistemas de poder”, “la solución está en deconstruir(la) hasta llegar a los cimientos, a las columnas y las vigas del contrato fundacional.  
          Pide que, “parafraseando a Guattari, en Caosmosis, siempre hay que estar (en) contra”  de una  institución educativa que, como proponía Galileo Galilei, no acepte el deber de “conciliar sin abjurar, decir que sí y decir que no, mediar pero participar activamente, inclinarse pero no arrodillarse, saludar pero no reverenciar”.
          Finalmente reclama una educación con territorialidad cultural… Pero, mejor, pasen y lean…

Foucault enseñaba que las instituciones son arqueologías de(l) poder. Siguiendo esta línea lógicamente se deduce que las instituciones escolares son la forma en que el poder se organiza en tanto que formativo e instructivo, disciplinario. Formar no está muy lejos de moldear y no es justamente que el poder utilice un molde para cada educando y luego lo rompa, más bien lo contrario, estamos frente a un molde rígido, durísimo y casi imposible de romper y con una capacidad de reproducción inconmensurable. Tanto es así que si un
molde es un continente a los latinoamericanos nos han hecho un continente propio para uniformar el pensamiento ideológico, sobre todo. En un mismo sentido, se instruye al alumno como se instruye el proceso penal a un imputado. Se lo indaga, se lo procesa, se lo enjuicia y se lo condena sin apelación de ningún tipo. Y sale “socializado”. ¿Qué hacer entonces frente a esto de lo cual somos colaboradores anónimos?
La institución educativa, heredera lamentablemente de la institución religiosa, va a seguir existiendo por la capacidad de auto transformación de los sistemas de poder. Y además, si todo cambiara, nada cambiaría. ¿Destruirla hasta que sólo quede lo indestructible como proponían los anarquistas? El problema es el mientras tanto qué. Sin embargo, crear instituciones alternativas, o dicho de otro modo, hacer el cambio desde afuera, mientras éstas también se sigan re-generando dentro de los mismos sistemas de poder hegemónicos es casi contribuir a la reproducción de aquello que se pretende combatir. El cambio paulatino, gradual, dialéctico y, por todo esto, verdadero debe estar hecho desde adentro y desde abajo en todo sentido, desde las bases, desde los actores fundamentales y primarios, desde los padres, maestros, directores y alumnos, como roles constructores de una identidad cultural comunitaria, tribal, cooperativa. La solución está en deconstruir hasta llegar a los cimientos, a las columnas y las vigas del contrato fundacional, con el fin de elaborar un proyecto ampliamente participativo en un sistema de democracia directa. Descentralizar el poder es descentralizar el saber y viceversa. Pero cabe aclarar que descentralizar el poder no significa quitárselo al Estado para que nadie garantice el beneficio del bienestar social.

¿El contrato social no funciona porque nadie lo firma en una sociedad donde además el valor de la palabra,  es más, el valor de toda representación, está devaluado? Por ello, antes que preguntarnos qué institución escolar queremos, debemos preguntarnos que instituciones sociales deseamos, en definitiva, que proyecto de sociedad y de país estamos dispuestos a diseñar bajo qué contrato de fundación, con qué proyecto de vida mayor a lo que dura el mandato de un presidente y qué función o rol social somos capaces de asumir cada uno desde nuestras esferas de acción concretas. Los países periféricos, emergentes, subdesarrollados o en vías de desarrollo, los del sur del planisferio: tienen la posibilidad posmoderna de una indeterminación constructiva, a partir de la educación, siempre que estén dispuestos a pagar el precio que toda autodeterminación, autonomía, independencia y autarquía conlleva. ¿Qué modelos de autogestión de las instituciones educativas somos idóneos para formular cuando no miramos al norte ni más allá del océano? ¿Cuándo vamos a asumir una profunda regionalización en razón de nuestra pertenencia a una civilización y a una cultura latinoamericana que excede los límites nacionales? ¿O acaso ya nos olvidamos de que el Virreinato del Río de la Plata llegaba hasta Perú, pasando por Bolivia, Paraguay, algo de Brasil, Uruguay y Chile? ¿Cuándo vamos a entender que el principal eje de intercambio del MERCOSUR (previa transformación en Mercado Común Latinoamericano) debería ser la universalización de los valores culturales, educativos y artísticos de sus integrantes extendiéndose los mismos hasta el propio México (sacándolo del ALCA), Cuba y toda Centroamérica? Es menester, pues, si no se puede dejar de crear poder, aunque más no fuere discursivo, crear microcosmos, poder micro físico, una micro sociología que evalúe, y haga las veces de contralor de dichos bastiones rebeldes, revolucionariamente educativos; en síntesis, subvertir el poder, darlo vuelta como si se tratara de una topología de goma, para luego ser concientes de que tal vez la mejor articulación con esa creación sea saber y ser capaces de estar en su contra para nuevamente transformarla y no dejar que se genere uno de los peores, sino el peor, mal de las instituciones educativas: el anquilosamiento, la fijeza, y la demasiada estabilidad de sus órdenes supremos de poder. Parafraseando a Guattari, en Caosmosis, siempre hay que estar (en) contra.
 Una institución educativa de ese tipo debería ser necesariamente ABIERTA: a la transformación y a la auto transformación, a los intereses de su comunidad, al cambio de sus derechos y obligaciones, al progreso de sus garantías, a los saberes oblicuos, transversales y diagonales. En suma, suficientemente permeable sin dejar de filtrar la basura. Elástica sin que se rompa pero que tampoco se doble demasiado al punto de quedar luego “estirada” y por ende “deformada” o lo que es peor “amorfa”. Abierta, como diría Umberto Eco, como una obra de arte ante el espectador-apre(h)endiente. La institución educativa debe ser como Galileo Galilei: conciliar sin abjurar, decir que sí y decir que no, mediar pero participar activamente, inclinarse pero no arrodillarse, saludar pero no reverenciar, para que, en conclusión, haya un sobreviviente que pueda contar a las generaciones venideras lo que está y lo que ya no está pero puede volver a estar. Las instituciones educativas están agazapadas, expectantes, hay algo que late en latencia, no es su momento, no es su mejor momento, pero aguardan su oportunidad de ser más que de deber ser.
Llegados a esta instancia resulta importante preguntarnos por los modos, las maneras y los procesos. No puede guiarnos en las tareas de la institución escolar la razón meramente instrumental, la razón eminentemente práctica, el finalismo del archi remanido no importan los medios sino los fines, pues no nos olvidemos que además y más que nunca en la posmodernidad la estética es una ética, es otra forma de la ética. Si la educación es una herramienta planificada de progreso para el abordaje del conocimiento de objetivos no puede desconocer el valor y la importancia de los métodos, no sólo pedagógicos y didácticos sino justamente de los éticos. Y esto no implica quedarnos en una razón pura, formal, lógica, matemática y abstracta de universalización de la cultura etnocéntrica que caracterizó y caracteriza al Occidente judeo-cristiano. Parafraseando a Keynes: nada peor para educar que un liberal asustado; asustado por los peligros de todas las ideas, conceptos y pensamientos divergentes, creativos, imaginativos, inventivos, transgresores, irreverentes, desenfadados, de todo análisis desde los márgenes, desde los bordes, desde las fronteras en que se ubican las instituciones educativas que se encuentran en la vereda de en frente al pensamiento único, todopoderoso, omnipresente, enemigo de lo que Pérez Gómez llama la diversidad cultural, el respecto a la otredad, la tolerancia ante la diferencia, la asimilación voluntaria y la adaptación consciente, y ambas activas, sin caer en el “vale todo” del relativismo moral absoluto más cercano al “dejar hacer todo”,  a la mano invisible que en razón de verdad es un pesado y bien corpóreo puño cerrado del extremo neocapitalismo suicida sobre la libertad de pensamiento pluralista, progresista y amplio. No a la libertad absoluta, sin compromisos, obligaciones y responsabilidades cívico-políticas, pues bien sabemos también como supo decir un abogado: “una justicia extrema es una extrema injusticia”. Debemos universalizar mucho más que aquello contenido en los Pactos Internacionales de raigambre constitucional en cuanto a los derechos y garantías y llegar a la compleja esfera del binomio educación-economía de tan difícil resolución hoy en día. El desfondamiento, la aparente desnudez y la perplejidad filosófica en la que estamos sumidos en los tiempos que corren no deben llevarnos a la “nada de voluntad” como diría Nietzsche, al nihilismo agobiante, al cinismo que carcome espíritus, a la ironía depresiva, al pasivo, fácil y cómodo escepticismo intelectual, al pesimismo avinagrado, agrio, cancerígeno, que rumia destrucción, sino antes bien al pensamiento pensante contra el pensamiento rápido de los opinólogos televisivos, profetas de lo obvio, de las profecías auto cumplidas, de lo obsceno y la chatura, de la inercia y la apatía que finalmente conduce a gobiernos totalitarios, autoritarios o populistas; antes bien a una cultura crítica y reflexiva, capaz de proponer opciones allí donde parece que no las hay, gracias a su capacidad de pensar lo impensable; una inteligencia humana que puede contemplar y elucubrar sobre la realidad y generar una democracia participativa, libre y abierta, es decir, que puede proyectar futuro, que es aprehendiente, contra el pensamiento cautivo más conservador de la institución sitiada -que no me hace correr ningún riesgo-, y perverso propio de la institución amurallada o cerrada que destila orden y seguridad para encubrir que sólo se quiere cumplir con lo que encima otros han establecido. Sólo con el “Estado de Bivratis”, como energía que circula en los grupos, seremos suficientemente fuertes para anular todo dispositivo psico-socio-patológico por la disposición subjetiva e inter subjetiva, anular el fragmento de todo aquello que quedó de la institución estallada por LO FRACTAL. Lejos de resentir el contrato fundacional, un proyecto de institución educativa y escolar en donde los actores se organicen en torno a las características que le son propias a la zona de un Territorio (en el sentido más amplio de la palabra) con propia identidad latinoamericana.
          
Ernesto Marcos (Diciembre 2011)

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