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miércoles, 16 de diciembre de 2015

RECOLECCIÓN DE PRINCIPIOS: "El nudo en la garganta", por Sergio Carciofi

Muchos hombres se interesan por la política y la guerra, pero yo apreciaba poco esas fuentes de diversión, me sentía tan politizado como una toalla de baño, y sin duda era una lástima. Es cierto que, en mi juventud, las elecciones eran muy poco interesantes; la mediocridad de la «oferta política» era incluso sorprendente. Un candidato de centroizquierda era elegido, por uno o dos mandatos según su carisma individual, y oscuras razones le impedían llevar a cabo un tercero; luego la población se hartaba de ese candidato y más generalmente del centroizquierda, se observaba un fenómeno de alternancia democrática y los votantes llevan a poder un candidato de centroderecha, a ese también por uno o dos mandatos, en función de su propia naturaleza. Curiosamente los países occidentales estaban extremadamente orgullosos de ese sistema electoral que, sin embargo,  no era mucho más que el reparto de poder entre dos bandas rivales, y llevaban incluso a declarar guerras para imponerlo a países que no compartían su entusiasmo.


Michel Houellebecq, Sumisión. Anagrama 2015


No es la primera vez que ocurre que un tipo como Macri gana una elección nacional, al menos en otros países. Lo que pasa es que ahora nos tocó a nosotros, que hace treinta y dos años copiamos ininterrumpidamente el sistema de representación política que todo el mundo llama democracia. Ojo, esta reflexión no intenta para nada poner en cuestionamiento la democracia (tema que merece ser tratado y, también, cuestionado en otras reflexiones) Simplemente lo aclaro para no corrernos del foco este asunto: la centroderecha gobernará la Argentina por cuatro años y tal vez más.
 A la crisis del 2001 se la llamó hecatombe. La primera referencia fue al quiebre económico y financiero que la desencadenó, pero ahora sabemos que se refería más precisamente al quiebre político. La primera etapa de la salida de la dictadura militar ya nos había dado dos experiencias políticas contrapuestas: la alfonsinista y la menemista, que podríamos caracterizar, a grandes rasgos, como de centroizquierda la primera y centroderecha la segunda. ―Para que el lector no frunza el entrecejo y espete al mismo tiempo un ¿eeehhh?, diré algo en el cual, en principio y de manera muy amplia y general, podríamos estar de acuerdo: entendemos por centroizquierda a aquel gran sector político de la sociedad que cree que es mejor para todos que el Estado intervenga al Mercado, y centroderecha a aquel otro gran sector político de la sociedad que cree que es mejor para todos que el Mercado intervenga el Estado.―
La alternancia inicial de estos dos grandes espacios en nuestra enana democracia, fue tan traumática como una mala sorpresa. De hecho, la primera sorpresa fue el desastroso manejo de la economía por parte del gobierno de Alfonsín y, la segunda sorpresa, el giro político a la centroderecha de un proyecto político que enarbolaba los principios nacionales y populares del peronismo. El desenlace fue la hecatombe de esa alternancia ante una sociedad que defendía, al mismo tiempo, la convertibilidad de la moneda propuesta por la centroderecha y la intervención social del Estado propuesta por la centroizquierda. La crisis de representación de los partidos políticos en gran medida se debe a esa gran confusión: ¿quiénes son la centroizquierda y quiénes la centroderecha?
Veámoslo de esta manera: la crisis del 2001 encontró la salida buscando respuestas a este último interrogante; y todo se reinició con el peronismo y el radicalismo creando sus propias grietas internas sobre la base de esta contradicción. La Alianza, entonces, estalló por los aires y el único hombre fuerte en pie del peronismo, Eduardo Duhalde, motivado por su sed de venganza contra Menem, a quien culpaba por haber perdido él las elecciones con De la Rúa, impuso un candidato fortuito: Néstor Kirchner. De ahí en más se fortalece la idea de que nadie en la Argentina gobierna sin el peronismo y que sin el radicalismo será imposible poner en pie una oposición de derecha con vocación de poder alguna: dos axiomas que Mauricio Macri destrozó el domingo 22 de noviembre de 2015.
Estas contradicciones explican el pase de políticos a uno y otro bando, la conformación de partidos y coaliciones políticas y su desaparición después de las elecciones. También explica la falta de compromisos con una idea o un proyecto. Sobran los ejemplos de personajes que un mes decían una cosa y al otro mes otra. Los programas de televisión se llenaron de informes denunciándolos graciosamente y mucho político nuevo, que caía en esos tropiezos, argumentaba con pretensiones de seriedad que “nadie resiste un archivo”.
Así las cosas, mientras el gobierno de Néstor Kirchner reconstruía a los tumbos la economía del país, las viejas y nuevas formaciones políticas se retorcían sobre sí mismas. En el medio de ese remolino huracanado, Mauricio Macri conforma uno más de los tantos partidos políticos y se lanza, solo con su imagen y su gestión en Boca Juniors, a la conquista de ese espacio de centroderecha. Y entonces dice y hace atrocidades propias de la derecha más fea, que no solo a nadie le importó sino que comenzó a nuclear y cobijar a los intereses reaccionarios y corporativos de la industria, el campo y los medios de comunicación.
Néstor Kirchner se anticipó a lo que hoy está sucediendo, a esta nueva era de la democracia argentina en la que claramente es posible identificar ahora una centroizquierda y una centroderecha, y fue con su proyecto de transversalidad. Advirtió que el peronismo “pejotista” no alcanzaba o no era suficiente para conformar ese espacio “progre” que le diera sustancia a un bloque nacional de centroizquierda. Y, paradójicamente, también contribuyó decididamente a crearle esa sustancia a la centroderecha que tuvo su épica con el lockout de los estancieros argentinos en su rechazo a “la 125”.
Sin embargo, fue esa disputa por la renta sojera la que hizo retroceder a Kirchner y a echar mano otra vez al formato “pejotista”. Luego de su muerte quedó trunca esa visión política.
Cristina tuvo el desafío de frenar y contrarrestar el retroceso sobre sí de esos dos grandes bloques, y logró recostarse sobre la centroizquierda a fuerza de profundizar importantes cambios sociales, culturales y políticos. No obstante decide refugiarse en un núcleo duro e intentar crear un ámbito propio que pueda, luego de irse del gobierno, disputarle al peronismo el liderazgo de la centroizquierda.
No es casualidad que este proceso que va desde 1983 a la fecha desemboque en un balotaje con dos grandes sectores bien definidos. Sin embargo quedan varias incógnitas para el futuro: el lugar donde caerá Massa y su Frente Renovador, aunque todo parezca que puede llegar a diluirse en la centroderecha, aún le queda una posibilidad de dar batalla dentro del peronismo. También queda la incertidumbre de cómo se terminará resolviendo el liderazgo de la centroizquierda en la disputa entre el peronismo y el kirchnerismo que ya comenzaron a blandir sus armas.
Pero más allá de estos desafíos a futuro, hay algo que se ha modificado definitivamente en la democracia argentina: la centroderecha con su discurso de derecha ganó las elecciones sin el peronismo, y terminó de cerrar el círculo que Estados Unidos y los países europeos vienen practicando aburridamente desde el fin de la segunda guerra mundial, que no es otra cosa que esa insistente alternancia entre centroizquierda y centroderecha que relata magistralmente Houellebecq; y que garantiza el orden mundial que dirigen los grandes monopolios financieros y comunicacionales.
Mientras la crisis europea abre un camino para intentar romper esa alternancia política (Podemos en España, por ejemplo), en Argentina se consolida. Cosa que nos deja entrever lo que probablemente vendrá en los próximos veinte años por estos lugares.
Que linda es la reflexión política y la literatura, ¿no? Pero, al menos a mí, no me alcanza para sacarme este nudo en la garganta que tengo desde que, el pasado domingo 22 de noviembre, perdimos las elecciones.


Sergio Carciofi

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