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lunes, 29 de agosto de 2011

FULBITO PARA LA TRIBUNA: "Pancho Varallo"


Les voy a contar el día que lo conocí a Pancho “Cañoncito” Varallo. Como sabrán, vivió hasta ayer en la ciudad de La Plata. En el año dos mil uno o dos, cerca del comienzo del mundial Corea - Japón, estábamos con mi primo Cacho y mi amigo Mauro en la plaza Brandsen, ubicada entre las calles 25 y 60, también llamada Plaza Perón. No recuerdo por qué habíamos ido. Hasta el año dos mil yo residía entre las calles 28 y 60 y, para ese entonces, ya me había mudado. Habríamos ido a tomar cerveza, seguramente. Pero sí recuerdo que en esa plaza paraban personajes tales como el Bicho y la Bicha, el Caqui y Martin, de quienes algún día les prometo contar alguna que otra historia, pues vale la pena. A Martin se lo veía muy bien. Es buena madera a pesar de la hermana, que le faltaban todos los dientes de arriba y del padre de quién no tenemos buenos recuerdos… A todos ellos los podrán ver todavía sentados en el mismo banco de la misma plaza. Volvamos a Pancho. Serían las cinco de la tarde cuando un viejo de unos noventa años se acerca para saludar a Mauro. Se conocían, o mejor dicho, el viejo conocía a su abuelo. Luego del saludo, Mauro nos mira y nos dice: “Este es Pancho Varallo, el máximo goleador de Boca”. Resulta que Pancho tenía una agencia de lotería frente a la plaza y se cruzaba de vez en cuando. No media más de un metro sesenta y cinco. Posiblemente se había encogido por los años, sin embargo se lo notaba vital y armonioso. Le preguntamos si iba a ir al mundial y nos dijo que el quería pero la hija y los nietos no. Era demasiado lejos y creían que no le iba a hacer bien. Finalmente supongo que no terminó yendo nada. Contó que jugando para Boca llegó a ser el máximo goleador porque, entre otras cosas, Cherro lo único que tenía que hacer era picar por la línea y tirar el centro al medio del área para que él (yo, dijo en ese momento), de cabeza la mandara adentro de la red. Dijo que de esa manera se cansó de hacer goles. Después, nos contó de un problema con una lesión que le hizo dejar el fútbol antes de los treinta años. La conversación se extendió hasta que Cacho, como quien no quiere la cosa, le pregunta: “Pancho, ¿por qué perdimos el mundial del treinta contra Uruguay? En ese momento pudimos ver como el cerebro del ese viejo se trasladaba, con la fuerza de un trompada, setenta años atrás. Con los ojos húmedos, con mucha bronca y diciendo no con la cabeza, nos confesó: “Porque fuimos unos cagones, porque había jugadores que no podían jugar ese partido y porque los uruguayos tenían garra. Aquel fue un partido muy duro que nos ganaron con prepotencia. Lo peor, es que algunos compañeros aflojaron asustados por el ambiente.” Mastica su bronca el hombre y recalca levantando la vista: “esa final no la podíamos ganar de ninguna manera. Y eso que el juego se presentó fácil en el primer tiempo cuando ganábamos dos a uno con uno menos. Entonces, no se podían hacer cambios”, recuerda y continúa diciendo: “Ni bien terminó el primer tiempo vino un defensor uruguayo de apellido Hernández —o algo así, dijo— me pego una patada porque sabía que estaba medio lesionado de la rodilla” Comento también algunas de las características de los jugadores que no tenían que haber jugado, y dijo que ese partido lo perdimos cuatro a dos.
          Antes de irse admitió que aquella derrota le dejó un gran dolor, al punto tal que hoy disfruta cada partido que pierde Uruguay. No obstante reflexiona y va por los momentos buenos de aquellos días: “Igual estoy reconfortado porque conocí a Carlos Gardel, que iba a la concentración, cantaba y apostaba con nosotros algún numerito.” Y se fue, sólo, caminando despacio hacia su agencia de lotería.

Martín Carciofi

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